Escalar, más que un hobby, se ha convertido para mí en una forma de conectar con el presente. En tiempos en los que vivimos inmersos en el recuerdo del pasado y en las elucubraciones sobre el futuro, la escalada me devuelve al aquí y al ahora.
En la pared, el tiempo parece detenerse. El mundo se torna de nuevas tonalidades y el filtro sobre la realidad se agudiza hasta alcanzar un estado de hiperfoco. Los pensamientos pierden protagonismo y todo se reduce a lo esencial: el cuerpo, la respiración, el movimiento, la roca y el siguiente paso.

Es increíble cuánto se puede experimentar a través del simple hecho de mover el cuerpo. La escalada me ha enseñado humildad, coraje y valentía; a reconocer mi propia fuerza y, al mismo tiempo, mis propios límites. También me ha enseñado a convivir con el miedo y a descubrir que, incluso en situaciones de tensión, es posible encontrar calma, respirar y tomar decisiones.
Pero, sobre todo, me ha enseñado el valor de la constancia y del esfuerzo. A entender que no todo se consigue de inmediato, que a veces hay que aceptar un límite, volver a intentarlo y seguir avanzando.
Quizás eso sea, al final, lo que más me ha enseñado la escalada: que avanzar no siempre significa llegar más lejos, sino estar dispuesto a seguir dando el siguiente paso.
Y quizá por eso la escalada también me ha llevado a pensar en la importancia de la comunidad. Porque aunque muchas veces estemos solos en la pared, la escalada nunca es completamente individual. Confiamos en alguien que nos asegura, compartimos información, un camino, un coche, un lugar donde dormir o simplemente una conversación al final del día. Precisamente por eso nace KIN, para hacer visible esa red que ya existe en la pared, pero que fuera de ella cuesta encontrar.

